Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Hace mucho que no sólo no escribo, sino que ni existo siquiera. Creo que sueño mal. Las calles son calles para mí. Hago el trabajo de la oficina con conciencia de estar haciéndolo, aunque a veces me abstraiga de él: en mi trastienda en vez de meditar, duermo, pues siempre soy otro en la trastienda del trabajo.
Hace mucho que no existo. Estoy tranquilísimo. Nadie me distingue del que soy. Me siento respirar como quien hubiera practicado algo nuevo o atrasado. Empiezo a tener consciencia de tener consciencia. Acaso mañana despierte de mí mismo y reanude el curso de mi propio existir. No sé si con esto seré más
o menos feliz. No sé nada. Alzo la cabeza de paseante, y veo que sobre la ladera del Castillo, el atardecer opuesto arde en decenas de ventanas, en un reverbero alto de fuego frío. Alrededor de esos ojos de llama dura, toda la pendiente adopta la suavidad del fin de la jornada. Puedo, al menos, sentirme triste y tener la consciencia de que con mi tristeza se ha cruzado ahora —visto con el oído— el estrépito inesperado del tranvía al pasar, la voz casual de unos jóvenes conversadores, el olvidado susurro de la ciudad viva.
Hace mucho que no soy yo.
Si en el arte hubiera el oficio de perfeccionador, yo tendría en mi vida (y en mi arte) una función…