Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Con pasos largos y falsos que en vano procuraba convertir en otros, recorrí, descalzo, la longitud pequeña del cuarto y la diagonal vacía del cuarto interior, que tiene la puerta en la esquina que da al corredor de la casa. Con movimientos incoherentes e imprecisos, tanteé las escobas de encima de mi cómoda, moví una silla, y golpeé con la mano balanceada el hierro rugoso de las patas de la cama inglesa. Encendí un cigarrillo, que fumé inconscientemente, y sólo cuando vi que había caído ceniza sobre el cabezal de la cama —¿cómo, si yo no estaba recostado sobre él?—, comprendí que estaba poseído, o algo parecido, y que la consciencia de mí mismo, que debiera tener, se había alternado con el abismo.
He recibido el anuncio de la mañana, la poca luz fría que da un azul blanco al horizonte que se revela como un beso de gratitud de las cosas. Porque esa luz, ese verdadero día, me liberaba, me liberaba no sé de qué, me llevaba del brazo hacia la vejez desconocida, haciendo carantoñas a mi infancia enmascarada, y amparaba el descanso mendigo de mi sensibilidad desbordada.