Libro del desasosiego
Libro del desasosiego ¡Ah, pero qué clase de mañana es ésta, que me despierta a la estupidez de la vida, y a su gran ternura! Casi lloro, viendo clarear ante mí, debajo de mí, la vieja calle estrecha, y cuando las ventanas de la mercería de la esquina ya principiaban a revelarse como castaño sucio en la luz que rebosaba un poco, mi corazón ha sentido el alivio de cuento de hadas reales, y comenzó a percatarse de la seguridad de no sentir.
¡Qué triste mañana esta! ¿Qué sombras se apartan? ¿Qué misterios hay en ella? Nada: el ruido del primer tranvía como un fósforo que va a alumbrar la oscuridad del alma, y los pasos claros de mi primer transeúnte que son la realidad concreta que me dice, con voz de amigo, que no esté así.
Tras los días de lluvia, de nuevo el cielo trae el azul que encubrieran los grandes espacios desde lo alto. Entre las calles, donde las pozas duermen como los charcos del campo, y la alegría clara que se enfría en lo alto, existe un contraste que hace apacibles las calles sucias, y primaveral al cielo del invierno corriente. Es domingo y no tengo nada que hacer. Ni soñar me apetece, de tan bueno que se presenta el día. Lo disfruto con tal sinceridad de sentidos que hasta la inteligencia se abandona. Paseo como un dependiente soltero. Me siento viejo, sólo por el gusto de sentirme rejuvenecer.