Libro del desasosiego
Libro del desasosiego En la gran plaza dominical hay un movimiento solemne de otra clase de día. En Sao Domingos veo la salida de una misa y va a comenzar otra. Observo a los que salen y los que no han entrado todavía, esperando a quienes no han acabado de salir.
Ninguna de estas cosas tiene importancia. Son, como todo lo común de la vida, un sueño de misterios y de almenas y yo lo observo como un mensajero recién llegado en la planicie de mi meditación.
Hace tiempo, de niño, yo venía a esta misma misa o quizás a otra, pero no, debía ser a ésta. Me ponía, con la debida consciencia, mi único traje bueno, y lo disfrutaba todo —hasta lo que no había razón alguna para disfrutar. Vivía hacia fuera y el traje era limpio y nuevo. ¿Qué más puede pedir el que tiene que morir y no sabe nada por su madre?
Antes disfrutaba de todo esto, pero sólo ahora, tal vez, comprendo cuánto disfrutaba. Entraba en misa como si entrase en un gran misterio y salía de ella como quien sale a un claro del bosque. Y era realmente así, como lo es realmente ahora. Sólo el ser que no cree y es adulto, con el alma que recuerda y llora, es la ficción y el transtorno, la suciedad y la losa fría.