Libro del desasosiego
Libro del desasosiego No amemos ni aun con el pensamiento.
Que ningún beso de mujer, ni en sueños siquiera, sea una sensación nuestra.
Artífices de la morbidez, aprendamos a desengañarnos. Curiosos de la vida, observemos desde todos los muros, sabiendo de antemano que nada veremos de bello o de nuevo.
Tejedores de desesperanza, tejamos sólo mortajas —mortajas blancas para los sueños que no soñamos, mortajas negras para los días que moriremos, mortajas grises para los gestos que sólo soñamos, mortajas de púrpura imperial para nuestras inútiles sensaciones.
Por las montañas y los valles y riberas […] de los pantanos, cazan los cazadores el lobo o la corza […] y también el pato salvaje. Odiémoslos, no porque cacen, sino porque disfrutan (y nosotros no).
Sea la expresión de nuestro rostro una sonrisa pálida, como la de alguien que va a llorar, una mirada tenue, como la de alguien que no quiere ver, un desdén esparcido por todas las facciones, como el de alguien que desprecia la vida y vive sólo para despreciar.
Sea nuestro desprecio para quienes trabajan y luchan, y nuestro odio para quienes confían o esperan.
Dar a cada emoción una personalidad, a cada estado de alma, un alma.