Libro del desasosiego

Libro del desasosiego

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Doblaron el recodo del camino y eran muchas muchachas. Venían cantando trocha adelante y el sonido de sus voces era felices [sic]. No sé qué serían. Las escuché durante un tiempo, desde lejos, sin sentimiento propio. Una amargura hacia ellas me surgió del corazón.

¿Por su futuro? ¿Por su inconsciencia? No, directamente por ellas, o ¿o quién sabe si tan sólo por mí?

[293]

La cuesta lleva al molino, pero el esfuerzo no lleva a ninguna parte.

Era una tarde a comienzos del otoño cuando el cielo tiene un calor frío y muerto, y hay nubes que asfixian la luz en cobertores de lentitud.

Dos cosas me ha proporcionado el destino: unos libros de contabilidad y el don de soñar.

[294]

Aun cuando en mí no hubiera otra virtud, poseo al menos la de la perpetua novedad de la sensación libre.

Bajando hoy por Rua Nova do Almada, me fijé de golpe en las espaldas de un hombre que bajaba delante de mí. Era la espalda vulgar de un hombre corriente, la chaqueta de un tejido modesto sobre la espalda de un peatón ocasional. Llevaba una cartera vieja bajo el brazo izquierdo y apoyaba en el suelo, mientras andaba, un paraguas cerrado que agarraba por el mango con la mano derecha.


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