Libro del desasosiego

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De inmediato sentí hacia ese hombre algo parecido a la ternura. Sentí por él la ternura que se siente por la común vulgaridad humana, por la banalidad cotidiana del jefe de familia que va hacia su trabajo, por su hogar alegre y humilde, por los placeres alegres y tristes que forzosamente constituyen su vida, por la inocencia de vivir sin analizar la vida, por la naturalidad animal de aquella espalda cubierta.

Volví los ojos hacia la espalda del hombre, ventana por donde llegué a estos pensamientos.

La sensación era en todo idéntica a la que nos asalta ante alguien que duerme. El que duerme es un niño otra vez. Acaso porque en el sueño no se pueda hacer daño y no haya que dar cuentas de la vida, el mayor criminal, el más perfecto egoísta es sagrado, por la magia natural del durmiente. Entre matar a quien duerme y matar a un crío, no conozco diferencia sensible.

Ahora la espalda de este hombre duerme. Todo él, que camina delante de mí con pasos idénticos a los míos, duerme. Camina inconscientemente. Vive inconscientemente. Duerme, puesto que todos dormimos. Toda la vida es sueño. Nadie sabe lo que hace, nadie sabe lo que quiere, nadie sabe lo que sabe. Nos quedamos dormidos en vida, eternos críos en manos del Destino. Es por eso que siento, cuando pienso con esta sensación, una ternura informe e inmensa por toda la humanidad infantil, por toda esa vida social durmiente, por todos, por todo.


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