Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Hay quien lee con la misma rapidez con la que mira, y saca conclusiones sin haberlo visto todo. Así saco yo del libro que se me hojea en el alma una vaga historia por contar, memorias de otro vagabundo, trozos descriptivos de ocasos o resplandores lunares, con avenidas ajardinadas en el centro, y distintas figuras de seda, pasando, pasando.
No distingo entre el tedio y lo otro. Sigo simultáneamente por la calle, por la tarde y por la lectura soñada, y los caminos son verdaderamente recorridos. Emigro y descanso, como si estuviese a bordo de un barco en alta mar.
De repente, los faroles muertos hacen coincidir sus luces en sus dobles prolongaciones de la calle ancha y torcida. Como un sobresalto, mi tristeza aumenta. Se acabó el libro. Sólo queda en la viscosidad aérea de la calle abstracta, un hilo externo de sentimiento, como la baba de un Destino idiota, calándome sobre la conciencia del alma.
Otra vida, la de la ciudad mientras anochece. Otra alma, la de quien contempla la noche. Sigo desorientado y alegórico, irrealmente sintiente. Soy como la historia que hubiese contado alguien y, de tan bien contada, pareciera verdadera, aunque no demasiado, en este mundo novelado, al principio de un capítulo: «a esa hora podía verse a un hombre mientras caminaba lentamente por la calle de…».