Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Me persigue, como un ser maligno, el destino de no poder desear nada sin saber que no ha de ser. Si, por un momento, contemplo en la calle el cuerpo núbil de una muchacha, por indiferente que sea, y me hago la ilusión de lo que ocurriría en caso de llegar a ser mía, siempre ocurre que a menos de diez pasos de mi sueño, la muchacha se encuentra con su marido o con su amante. Un romántico haría una tragedia de esto. Un extraño lo vería como una comedia. Yo, sin embargo, mezclo ambas cosas, pues soy un romántico en mí y extraño a mí, paso página hacia otra ironía.
Unos aseguran que la vida sin esperanza es imposible, otros, que con esperanza está vacía. Para mí, que al día de hoy ni espero ni desespero, la vida es una estampa exterior que me incluye y al que asisto como a un espectáculo sin enredos, concebido sólo para gozo de la vista —un baile sin trabazón, una dispersión de hojas al viento, nubes que cambian de color con el sol, vericuetos antiguos y azarosos, dispuestos en puntos distintos de la ciudad.