Libro del desasosiego
Libro del desasosiego A las tres, toda la actividad del sol se acabó. Fue necesario —y era triste, porque estábamos en verano— encender la luz eléctrica, primero al fondo del salón, donde en ese momento empaquetaban las remesas, después en mitad de la sala, donde resultaba difícil no equivocarse en las guías de pedidos y anotar en ellas los números de los comprobantes de los trenes. Por fin, cuando ya eran casi las cuatro, ni siquiera a nosotros —los afortunados de las ventanas— nos alcanzaba la luz para trabajar. La oficina se iluminó. El patrón Vasques apartó la mampara de su despacho y dijo cuando salía: «Moreira, tenía que acercarme hasta Benfica, pero no voy a ir: se va a hartar de llover». «Y viene de ese lado», respondió Moreira, que vivía junto a la Avenida. Los ruidos de la calle se acentuaron de repente, alterándose un poco, y era, no sé por qué, un poco triste el sonido de las esquilas de los tranvías en la calle paralela y cercana.
Quien se propusiera hacer un catálogo de monstruos, no tendría más que fotografiar en palabras aquellas cosas que la noche trae a las almas soñolientas que no consiguen dormir. Todas esas cosas tienen toda la incoherencia del sueño sin la disculpa desconocida de estar durmiendo. Lo van sobrevolando todo como murciélagos sobre la pasividad del alma, vampiros que chupan la sangre de la sumisión.