Libro del desasosiego
Libro del desasosiego La monotonía de las vidas corrientes es, en apariencia, pavorosa. Estoy almorzando en este restaurante barato y miro más allá de la barra, hacia la figura del cocinero y, aquí a mi lado, al camarero ya viejo que me está sirviendo, que lleva treinta años, según creo, sirviendo estas mesas. ¿Qué clase de vida es la de estos hombres? Hace cuarenta años que ese pobre hombre se lleva casi todo el día metido en la cocina; tiene unas breves vacaciones; duerme relativamente pocas horas; va, de cuando en cuando, a su tierra, de donde vuelve sin titubeos y sin pena; atesora con lentitud dinero lento que no se propone gastar; caería enfermo si acaso tuviera que retirarse de su cocina (definitivamente) para marcharse hacia sus campos en Galicia; hace cuarenta años que vive aquí en Lisboa y ni siquiera se ha acercado a Rotunda, ni a uno de los teatros, y sólo una vez fue al Coliseu —payasos en los vestigios interiores de su vida—. Se casó no sé ni cómo ni por qué, tiene cuatro hijos y una hija y en su sonrisa, al apoyarse del lado de allá de la barra en dirección a donde estoy, se dibuja una gran, una solemne, una risueña felicidad. Y no la disfraza, ni [tiene] la menor razón para hacerlo. Si la siente, es porque de verdad la tiene.