Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Me acuerdo de repente de cuando era niño y veía, como hoy ya no soy capaz de ver, alborear la mañana sobre la ciudad. No alboreaba para mí, sino para la vida, porque entonces yo (no siendo consciente de ello) era la vida. Miraba la mañana y me sentía alegre; hoy miro la mañana y siento alegría, pero me quedo triste… El niño sobrevive, pero ha enmudecido. Veo como veía, pero en el fondo de los ojos me veo viendo, y sólo por esto el sol se me oscurece y el verde de los árboles me es viejo y las flores se mustian antes de aparecer. Sí, antes yo era de aquí; hoy, en cambio, por nueva que sea cada vista, me vuelvo como un extranjero, huésped y peregrino de su representación, forastero ante lo que veo y oigo, viejo ante mí mismo.
Ya lo he visto todo, incluso lo que nunca he visto ni veré. En mi sangre corre hasta el menor recuerdo de los paisajes futuros, y la angustia de lo que habré de ver nuevamente es ya una monotonía anticipada para mí.
Y asomado al alféizar, recreándome en el día, sobre el volumen variopinto de toda la ciudad, sólo un pensamiento me llena el alma —la voluntad íntima de morir, de acabar, de no ver más la luz sobre ciudad alguna, de no pensar, de no sentir, de ir dejando atrás, como un envoltorio, el curso del sol y de los días, de sacarme de encima, como si fuera un pesado traje al lado del gran lecho, el esfuerzo involuntario de ser.