Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Sólo la infelicidad eleva y el tedio puro que de la infelicidad curtimos es noble como lo son los descendientes de los héroes remotos.
Soy un pozo de gestos que ni siquiera en mí se esbozaran, de palabras que no llegué a pensar curvando mis labios, de sueños que olvidé soñar hasta el fin.
Soy las ruinas de unos edificios que nunca llegaron a ser más que ruinas, de las que alguien se hartó, en medio de su construcción, al pensar quién las estaba construyendo.
No nos olvidemos de odiar a quienes gozan por el hecho de gozar, de despreciar a quienes son alegres, por no haber sabido ser tan alegres como ellos… Ese falso desdén, ese odio frágil no es más que el tosco pedestal, sucio de tierra sobre el que se planta, altiva y única, la estatua de nuestro Aburrimiento, como la silueta oscura en cuyo rostro una sonrisa impenetrable se nimba de secreto.
Benditos quienes no confían su vida a nadie.
Sabiendo que las cosas más pequeñas tienen fácilmente el arte de torturarme, esquivo a propósito el contacto con las cosas más pequeñas. Quien como yo sufre porque una nube pase ante el sol, ¿cómo no ha de sufrir en la oscuridad del día encapotado de su vida?