Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Convalezco, estéril y lejano, de la enfermedad que no he tenido. Me predispongo, ágil, a despertar a quien no me atrevo. ¿Qué sueño no me ha dejado dormir? ¿Qué caricia no quiso hablarme? ¡Qué bueno ser otro con este sorbo frío de primavera intensa!, ¡qué bueno poder pensarlo, mejor que la vida, mientras a lo lejos, en la imagen recordada, los juncos sin viento que los doblegue, se inclinan verdes sobre el arroyo!
¡Cuántas veces recordando al que no fui, me creo joven y olvido! Y eran otros los paisajes que no vi nunca; eran nuevos para mí sin llegar a ser nunca los paisajes que había visto. ¿Qué me importa? Llegué a través de casualidades e intersticios y en tanto el frescor del día viene del propio sol, duermen fríos los juncos oscuros de la orilla, bajo el atardecer ficticio.
Nunca nadie definió, con lenguaje comprensible para quien no lo haya experimentado, qué es el tedio. Lo que unos llaman tedio, no es más que aburrimiento; otros llaman eso a lo que no es más que malestar; otros llaman así al cansancio. Pero el tedio, aunque partícipe del cansancio, del malestar y del aburrimiento, participa de ellos como el agua del hidrógeno y del oxígeno, de lo que se compone. Los incluye sin parecerse a ellos.
