Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Consideremos un jefe de oficina. Tiene la obligación de prescindir de todo el mundo, tiene la obligación de saber escribir a máquina, de saber contabilidad, de saber barrer la oficina. Su dependencia de los demás es, por tanto, sólo una necesidad de no perder el tiempo, y no una necesidad de su incompetencia. Le dice al aprendiz: «vaya a echar esta carta al correo» pues no quiere perder tiempo llevándola él mismo al correo, no porque ignore dónde está Correos. Le dice a un empleado: «vaya a tal sitio a tratar de tal asunto», pues no quiere perder tiempo en hacerlo él mismo y no porque no sepa cómo hacerlo.
Junta las manos, ponlas entre las mías y escúchame, mi amor.
Quiero, hablando de una manera suave y arrulladora, como la del confesor en el momento de aconsejar, decirte hasta dónde el afán de alcanzar algo es menor que lo que logramos alcanzar.
Quiero rezar contigo, unidas mi voz y tu atención, la letanía de la desesperanza.
No hay obra de artista que no hubiera podido ser más perfecta. Leído verso a verso, del mayor poema pocos versos podrían no ser mejores, pocos episodios hubieran podido no ser más intensos, y nunca su conjunto es tan perfecto que no lo hubiera podido ser muchísimo más.