Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Siempre que pueden, se sientan frente al espejo. Hablan con nosotros y se seducen ante sus propios ojos. A veces, como los enamorados, hasta se distraen con la conversación. Siempre les he resultado simpático, porque mi aversión adulta por mi aspecto me ha impelido siempre escoger el espejo como algo a lo que dar la espalda, de forma que ellos instintivamente agradecían, tratándome bien, que yo fuera el muchacho escuchador que siempre les dejaba el campo libre de la vanidad y la tribuna.
En general no eran malos muchachos; en lo particular los había mejores y peores. Tenían generosidades y ternuras insospechadas en un calculador de promedios, bajezas y sordideces difíciles de adivinar por cualquier ser humano. Miseria, envidia e ilusión —así lo resumo, y así resumiría parte de ese ambiente que se infiltra en la obra de los hombres de valor que alguna vez hicieran de esa estancia de resaca un barbecho de engañados. (Es en la obra de Fialho, la envidia flagrante, la grosería canalla, la inelegancia nauseabunda…).
Unos tienen gracia, otros sólo tienen gracia, otros no existen aún. Las gracietas de los cafés se dividen entre las pullas a los ausentes y las pullas insolentes a los presentes. A esta clase de ingenio se le llama normalmente grosería. Nada hay que indique mejor la penuria mental, que no saber utilizar el ingenio más que a costa de las personas.
