Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Nunca sabemos cuando somos sinceros y tal vez nunca lo seamos. Y aunque fuésemos hoy sinceros, mañana podremos serlo ante una causa contraria.
Yo no he tenido convicciones. Lo que he tenido fueron impresiones. Nunca podría odiar una tierra donde hubiese visto un atardecer de escándalo.
Exteriorizar impresiones consiste más en persuadirnos de que las tenemos, de que hemos de tenerlas.
Cuanto más y mejor contemplo el espectáculo del mundo y el flujo y reflujo de la mutación de las cosas, más profundamente me compenetro con la ficción congénita de todo, con el prestigio falso y suntuario de todas las realidades. Y en esta contemplación que a todos los que reflexionen alguna vez les habrá sucedido, la marcha multicolor de las costumbres y las modas, el complejo camino del progreso y de la civilización, la confusión grandiosa de los imperios y de las culturas —todo eso me parece como un mito o una ficción soñada entre sombras y olvidos. Pero no sé si la definición suprema de todos esos propósitos muertos, hasta cuando son conseguidos, deba estar en la renuncia estática de Buda, que al comprender la vacuidad de las cosas, se alzó de su éxtasis diciendo «ya lo sé todo», o en la indiferencia demasiado experimentada del emperador Severo: omnia fui, nihil expedi —«lo he sido todo, nada merece la pena».
