Libro del desasosiego
Libro del desasosiego He nutrido todos los proyectos. La Iliada que compuse tuvo una lógica estructural, una concatenación orgánica de épodos que Homero no pudo conseguir. La estudiada perfección de mis versos a falta de completarlos en palabras, empobrece la precisión de Virgilio y afloja la fuerza de Milton. Las alegóricas sátiras que he creado, superan a las de Swift en la simbólica precisión y en los detalles mezclados con exactitud. ¡Cuántos Verlaines he sido!
Y siempre que me levanté de la silla donde tales cosas no han sido en absoluto soñadas, asistí a la doble tragedia de saberlas nulas y de saber que no todas habían sido un sueño, que algo se ha quedado de ellas en el umbral abstracto en el que yo pienso mientras ellas existen.
He sido un genio más en los sueños y menos en la vida. Esta es mi tragedia. He sido el corredor que se cayó a nada de la meta, siendo el primero hasta ese preciso momento.
Las cosas más simples, más realmente simples, que nada puede tornar semi-simples, se vuelven más complejas al vivirlas yo. Dar los buenos días a alguien me intimida a veces. Se me seca la voz, como si hubiese una audacia extraña en decir esas palabras en voz alta. Es una especie de pudor de existir —¡no hay otra manera de decirlo!