Libro del desasosiego
Libro del desasosiego Cuando, de repente emergÃamos ante la quietud de los lagos, nos sentÃamos sollozar… Aquel paisaje tenÃa los ojos arrasados de agua, ojos quietos, llenos de un tedio innúmero de ser… Llenos, sÃ, de tedio de ser, de tener que ser algo, realidad o ilusión, y ese tedio tenÃa su patria y su voz en el mutismo y en el exilio de los lagos… Y nosotros, caminado siempre sin saber o querer, parecÃa que aún nos demorábamos junto a aquellos lagos, y mucho de nosotros quedaba y dormitaba en ellos, simbolizado y absorto…
¡Y qué fresco y feliz horror el de que no hubiera nadie allÃ! ¡Ni siquiera nosotros, que Ãbamos por allà y estábamos allÃ!… Porque nosotros no éramos nadie. Ni siquiera éramos algo… No poseÃamos una vida que la Muerte tuviera que matar. Éramos tan tenues e insignificantes que el viento en su carrera nos inutilizaba y las horas pasaban por nosotros acariciadoras como la brisa en la copa de una palmera.
No tenÃamos tiempo ni propósito. Toda la finalidad de las cosas y de los seres nos quedaba a las puertas de aquel paraÃso de ausencia. Inmovilizárase para sentir cómo la sentÃamos, el alma rugosa de los troncos, el alma extendida de las hojas, el alma núbil de las flores, el alma entregada de los frutos…