El Satiricón

El Satiricón

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6 Después de tomar esos bocados exquisitos, Trimalción mirando a los esclavos dijo: «¿Cómo? ¿No habéis cenado todavía? Marchaos, y que vengan otros a relevaros.» 7 Entró, pues, otro turno: «¡Adiós, Gayo!», decían los salientes; «¡Buenos días, Gayo!», repetían los otros. Aquí empezó a perturbarse el buen humor. Entre 8 los recién llegados apareció un esclavo joven y de buena presencia; Trimalción se echó sobre él y empezó a besarlo sin parar. En consecuencia, Fortunata, para 9 afirmar sus derechos claramente en plano de igualdad, empezó a insultar a Trimalción, pregonando su inmundicia y su bajeza por no saber contener su instinto. Acabó incluso por decirle: «¡Perro!» Trimalción, por su 10 lado, exasperado por la escena, le tiró a Fortunata una copa, alcanzándola en la cara. Ella, como si hubiera 11 perdido un ojo, dio un grito y se llevó al rostro sus manos temblorosas. Centella quedó también consternada 12 y acogió en sus brazos a la amiga que sollozaba. Un esclavo tuvo la atención de acercarle a la mejilla herida un jarro de agua fría; Fortunata se apoyó sobre él, quejándose y echando a llorar. Trimalción salta por 13 su lado: «¿Cómo? ¿Ha perdido la memoria esa flautista siria? La he sacado del puesto en que estaba en venta como esclava, he hecho de ella una persona decente. Ahora se infla como una rana y no escupe en su falda[77]: es un alcornoque, sin nada de mujer. Quien nace en 14 una choza no sueña con palacios. Séame propicio mi Genio[78] y yo me encargaré de domar a esta Casandra en zapatillas. Fui tonto de remate: me hubiera podido 15 casar con diez millones. Y bien sabes tú que no miento. Sin ir más lejos, aun ayer, Agatón, el de la perfumería, me llamó aparte para decirme: ‘Te doy un consejo: no dejes que se pierda tu raza’. Pero yo, por bonachón, 16 por no pasar por liviano, me clavé el hacha en mi propia pierna. Bueno, ya me las arreglaré para que vuelvas a 17 buscarme deshaciéndote las uñas[79]. Y para que ya desde este momento te enteres de lo que te has ganado: Habinas, te prohibo que coloques su estatua en mi panteón; así, al menos después de muerto, no tendré discusiones. Más todavía: para enterarla de que sé castigar, prohibo que bese mi cadáver.»


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