Satisfechos de saborear esas delicias, nos disponíamos 5 a entrar ya en el comedor, cuando un jovencito esclavo, que tenía asignado ese oficio, nos sorprendió con esta exclamación: «¡Con el pie derecho!» Realmente 6 nos causó cierta sensación el temor de que alguno de nosotros pudiera infringir la regla protocolaria al cruzar el umbral. Ahora, al echar adelante, todos a una, 7 el pie derecho, un esclavo desnudo se arrojó a nuestras plantas y se puso a suplicarnos que lo libráramos del castigo: al parecer no era grave la falta que lo 8 ponía en peligro; se había dejado robar en el balneario la ropa del tesorero, lo que suponía apenas unos 9 diez sestercios. Echamos, pues, atrás nuestro pie derecho, y presentándonos al tesorero, que estaba entonces contando las piezas de oro, le rogamos que perdonara 10 al esclavo. Muy orgulloso, levantó la mirada y nos dijo: «No me importa tanto la pérdida como el 11 descuido de esa nulidad de esclavo. Me perdió mi ropa de mesa, que me había regalado un cliente para mi cumpleaños; desde luego era púrpura de Tiro, pero ya había sufrido una lavada. En fin, ¿qué le vamos a hacer? Lo dejo en vuestras manos.»