31. Nos sentíamos muy obligados por tan insigne favor, cuando, al entrar en el comedor, nos salió al paso aquel mismo esclavo por quien habíamos intercedido, y con gran asombro por nuestra parte nos plantó toda una profusión de besos a la vez que nos daba las 2 gracias por nuestra amable bondad: «Por lo demás, vais a saber ahora mismo —dice— a quién habéis hecho el favor. El vino del dueño es el agradecimiento del escanciador.»
3 Por fin nos instalamos en la mesa. Unos esclavos de Alejandría nos echaron agua de nieve para lavarnos las manos; les siguieron otros por el lado de los pies y 4 nos quitaron los padrastros con destreza sin igual. Y ni aun en tan desagradable menester se quedaban callados, 5 sino que realizaban su tarea canturreando. Yo quise averiguar si toda la servidumbre se componía de cantantes, 6 y para ello pedí bebida. Un esclavo muy dispuesto me atendió con una melodía de la misma aspereza, y así ocurría cada vez que reclamábamos un servicio cualquiera. Aquello parecía un coro de pantomimo y no 7 un comedor de una casa particular.