Blade Runner. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Blade Runner. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Rick trabaja como cazador de bonificaciones. Su tarea: identificar y "retirar" a los andrillos—androides ilegales que han regresado del exilio en colonias exteriores. Son casi humanos. En apariencia, idénticos. Pero carentes, se dice, de empatía. La línea entre lo biológico y lo mecánico es cada vez más delgada, y Deckard lo sabe. Posee una oveja... eléctrica. Simula tener un animal real, porque en esta sociedad es un símbolo de estatus, de moralidad, de humanidad.
—¿Qué más da? Tal vez no haya ninguna diferencia —reflexiona mientras manipula su oveja falsa.
En la azotea de su edificio, conversa con su vecino Barbour, que presume de una yegua auténtica. Deckard la envidia. Está atrapado en la trampa del mercerismo, una religión colectiva que conecta a las personas mediante cajas empáticas con la figura mítica de Wilbur Mercer. La empatía es la virtud suprema, el único hilo que parece separar a los humanos de los androides. Pero Rick comienza a sospechar que este dogma es una ilusión.
La crisis se agudiza cuando recibe una llamada: su colega Dave Holden ha sido herido al enfrentarse a un nuevo modelo de andrillos, los Nexus-6. Más rápidos. Más inteligentes. Más peligrosos. Rick es el siguiente en la línea. El deber lo arrastra de su cómoda simulación emocional al terreno incierto de la caza.
