Cármides

Cármides

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—No es a mí, querido amigo, a quien es preciso consultar en esta materia, y si he de decir la verdad, soy la peor piedra de toque para decidir sobre la belleza de los jóvenes; en su edad no hay uno que no me parezca hermoso.

Indudablemente me pareció admirable por sus proporciones y su figura, y advertí que todos los demás jóvenes estaban enamorados de él, como lo mostraban la turbación y emoción que noté en ellos cuando Carmides entró. Entre los que le seguían venía más de un amante. Que esto sucediera a hombres como nosotros, nada tendría de particular; pero observé que entre los jóvenes no había uno que no tuviera fijos los ojos en él, no precisamente los más jóvenes, sino todos, y le contemplaban como un ídolo.

Entonces Querefon, interpelándome, dijo:

—¿Qué te parece de este joven, Sócrates? ¿No tiene hermosa fisonomía?

—Muy hermosa, respondí yo.

—Sin embargo, replicó él, si se despojase de sus vestidos, no te fijarías en su fisonomía; tan bellas son en general las formas de su cuerpo.

Todos repitieron las palabras de Querefon.

—¡Por Hércules! dije yo entonces, me habláis de un hombre irresistible, si por cima de todo esto posee una cosa muy pequeña.

—¿Cuál es? dijo Critias.


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