Cármides
Cármides —Ninguno, con tal que venga.
—Va a venir.
Asà sucedió. Carmides vino, y dio ocasión a una escena divertida. Cada uno de nosotros, que estábamos sentados, empujó a su vecino, estrechándole para hacer sitio y conseguir que Carmides se sentara a su lado, resultando de estos empujes individuales, que los dos que estaban a los extremos del banco, el uno tuvo que levantarse y el otro cayó en tierra. Sin embargo, Carmides se adelantó y se sentó entre Critias y yo. Pero entonces, ¡oh amigo mÃo! me sentà todo turbado y perdà repentinamente aquella serenidad de antes, con la que contaba para conversar sin esfuerzo con él. Después Critias le dijo que era yo el que sabÃa un remedio; él volvió hacia mà sus ojos como para interrogarme, echándome una mirada que no me es posible describir, y todos cuantos estaban en la Palestra se apuraron a colocarse en cÃrculo alrededor de nosotros. En este momento, querido mÃo, mi mirada penetró por entre los pliegues de su túnica, se enardecieron mis sentidos, y en mi trasporte comprendà hasta qué punto Cidias es inteligente en amor, cuando hablando de un bello joven, y dirigiéndose a un tercero, le dice: No vayas, inocente gamo, a presentarte al león, si no quieres que te despedace. En cuanto mÃ, me he creÃdo cogido entre sus dientes. Sin embargo, como me preguntó si sabÃa un remedio para el mal de cabeza, le respondÃ, no sin dificultad, que sabÃa uno.
