Dialogos III
Dialogos III —No vayamos a hacernos «misólogos[70]» —dijo él— como los que dse hacen misántropos. Porque no se puede padecer mayor mal que el de odiar los razonamientos. Y la misologÃa se origina del mismo modo que la misantropÃa. Pues la misantropÃa se infunde al haber confiado en algo a fondo sin entendimiento[71], y al considerar que una persona es enteramente auténtica, sana y de fiar, y descubrir algo más tarde que ésta es malvada y engañosa, y de nuevo con otra, y cuando esto le ha pasado a uno muchas veces y especialmente con los que uno podÃa creer más Ãntimos y más familiares, chocando a menudo, al final acaba por eodiar a todos y piensa que nada de nadie es sano en absoluto. ¿O no te has percatado de que eso se produce asÃ?
—En efecto —dije yo.
—¿Y no es algo feo —preguntó él— y resulta claro que el tal individuo sin pericia en los asuntos humanos intenta tratar a las personas? Porque, sin duda, si los tratara con pericia, habrÃa advertido que sucede esto: que los buenos y los malos son muy pocos los unos y los 90aotros, y muchÃsimos los del medio[72].
—¿Cómo dices? —repliqué yo.