Dialogos III
Dialogos III —Medita, por tanto, lo que quiero demostrarte —dijo—. Es lo siguiente: que parece que no sólo los contrarios en sà no se aceptan, sino que también las cosas que, siendo contrarias entre sÃ, albergan esos contrarios siempre, parece que tampoco éstas admiten la idea contraria a la que reside en ellas, sino que, cuando ésta sobreviene, o cbien perecen o se retiran. ¿O no afirmamos que el tres incluso perecerá o sufrirá cualquier otra cosa, antes que permanecer todavÃa siendo tres y hacerse par?
—Desde luego que sà —dijo Cebes.
—Y, sin embargo, el dos no es contrario al tres.
—Pues no, en efecto.
—Por lo tanto, no sólo las ideas contrarias no soportan la aproximación mutua, sino que también hay algunas otras cosas que no resisten tal aproximación.
—Muy verdadero es lo que dices —contestó.
—¿Quieres, pues —dijo él—, que, en la medida en que seamos capaces, delimitemos cuáles son éstas?
—Desde luego.
—¿Acaso pueden ser, Cebes —dijo él—, aquellas que cuando dominan dobligan no sólo a albergar la idea en sÃ, sino también la de algo como su contrario siempre?
—¿Cómo dices?