Dialogos III
Dialogos III —De nuevo —dijo— contéstame desde el principio. Pero no me contestes con lo que te pregunto, sino imitándome. Y lo digo porque, al margen de aquella respuesta segura que te decÃa al comienzo, después de lo que hemos hablado ahora veo otra garantÃa de seguridad. Asà que csi me preguntaras qué se ha de producir en el cuerpo para que se ponga caliente, no te daré aquella respuesta segura e indocta, que será el calor, sino una más sutil, de acuerdo con lo hablado ahora, que será el fuego. Y si me preguntaras qué se ha de producir en el cuerpo para que éste enferme, no te diré que la enfermedad, sino que la fiebre. Y si es qué es lo que hace a un número impar, no te diré que la imparidad, sino que la unidad, y asà en adelante. Conque mira si sabes ya suficientemente lo que quiero.
—Muy suficientemente —dijo.
—Contéstame entonces —preguntó él—. ¿Qué es lo que ha de haber en un cuerpo que esté vivo?
—Alma[103] —contestó.
d—¿Y acaso eso es siempre as�
—¿Cómo no? —dijo él.
—Por lo tanto, a aquello a lo que el alma domine, ¿llega siempre trayéndole la vida?
—Asà llega, ciertamente —contestó.
—¿Hay algo contrario a la vida, o nada?
—Hay algo.
—¿Qué?