Dialogos III
Dialogos III —La divinidad, al menos, creo —dijo Sócrates—, y la idea misma de la vida y cualquier otro ser que sea inmortal, quedarÃa reconocido por todos que jamás perecerán.
—Por todos, en efecto, ¡por Zeus! —dijo—, por los hombres y aún más, a mi parecer, por los dioses.
e—Y cuando lo inmortal es también indestructible, ¿qué otra cosa serÃa el alma, si es que es inmortal, sino indestructible?
—Es del todo necesario.
—Al sobrevenirle entonces al ser humano la muerte, según parece, lo mortal en él muere, pero lo inmortal se va y se aleja, salvo e indestructible, cediendo el lugar a la muerte.
—Está claro.
—Por lo tanto, antes que nada —dijo—, Cebes, nuestra alma es 107ainmortal e imperecedera, y de verdad existirán nuestras almas en el Hades.
—Pues, al menos yo, Sócrates —dijo—, no tengo nada que decir contra eso y no sé cómo desconfiar de tus palabras. Ahora bien, si Simmias, que aquà está, o cualquier otro puede decirlo, bien hará en no callárselo. Que no sé a qué otra ocasión podrÃa uno aplazarlo, sino al momento presente, si es que quiere decir u oÃr algo sobre tales temas.