Dialogos III

Dialogos III

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—¿Acaso entonces también así —dijo— es forzoso hablar acerca bde lo inmortal? Si lo inmortal es imperecedero, es imposible que el alma, cuando la muerte se abata sobre ella, perezca. Pues, de acuerdo con lo dicho antes, no aceptará la muerte ni se quedará muerta, así como el tres no será, decíamos, par, ni tampoco lo impar, ni tampoco el fuego se hará frío ni el calor que está ínsito en el fuego. «Pero ¿qué impide —podría preguntar uno— que lo impar no se haga par, al sobrevenirle lo par, como se ha reconocido, pero que al perecer surja en su lugar lo cpar?». Al que nos dijera eso no podríamos discutirle que no perece. Pues lo impar no es imperecedero. Porque si eso lo hubiéramos reconocido, fácilmente discutiríamos para afirmar que, al sobrevenirle lo par, lo impar y el tres se retiran, alejándose. Y así lo discutiríamos acerca del fuego y lo cálido y lo demás por el estilo. ¿O no?

—Desde luego que sí.

—Pues bien, justamente ahora acerca de lo inmortal, si hemos reconocido que es además imperecedero, el alma sería, además de ser inmortal, dimperecedera. En caso contrario, se necesitaría otro razonamiento.

—Pues no necesita ninguno a tal efecto —repuso Cebes—. Por cuanto difícilmente alguna otra cosa no admitiría la destrucción, si lo que es inmortal —que es eterno— admitiera la destrucción.


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