Dialogos III
Dialogos III —El principio de mi discurso es como la Melanipa de EurÃpides, pues «no es mÃo el relato[23]» que voy a decir, sino de Fedro, aquà presente. Fedro, efectivamente, me está diciendo una y otra vez con indignación: «¿No es extraño, ErixÃmaco, que, mientras algunos otros dioses tienen himnos y peanes compuestos por los poetas, a Eros, en cambio, que es un dios tan antiguo y tan importante, ni siquiera uno solo de tantos poetas que han existido le haya compuesto jamás encomio balguno[24]? Y si quieres, por otro lado, reparar en los buenos sofistas, escriben en prosa elogios de Heracles y de otros, como hace el magnÃfico Pródico[25]. Pero esto, en realidad, no es tan sorprendente, pues yo mismo me he encontrado ya con cierto libro de un sabio en el que aparecÃa la sal con un admirable elogio por su utilidad[26]. Y otras cosas parecidas las puedes ver elogiadas en abundancia. ¡Que se haya puesto tanto afán cen semejantes cosas y que ningún hombre se haya atrevido hasta el dÃa de hoy a celebrar dignamente a Eros! ¡Tan descuidado ha estado tan importante dios!». En esto me parece que Fedro tiene realmente razón. En consecuencia, deseo, por un lado, ofrecerle mi contribución y hacerle un favor, y, por otro, creo que es oportuno en esta ocasión que nosotros, los presentes, honremos a este dios. AsÃ, pues, si os parece bien también a vosotros, tendrÃamos en los discursos suficiente materia de docupación. Pienso, por tanto, que cada uno de nosotros debe decir un discurso, de izquierda a derecha, lo más hermoso que pueda como elogio de Eros y que empiece primero Fedro, ya que también está situado el primero y es, a la vez, el padre de la idea[27]..