Dialogos III
Dialogos III —¿Y cómo, feliz ErixÃmaco, no voy a estarlo —dijo Sócrates—, no bsólo yo, sino cualquier otro, que tenga la intención de hablar después de pronunciado un discurso tan espléndido y variado? Bien es cierto que los otros aspectos no han sido igualmente admirables, pero por la belleza de las palabras y expresiones finales, ¿quién no quedarÃa impresionado al oÃrlas? Reflexionando yo, efectivamente, que por mi parte no iba a ser capaz de decir algo ni siquiera aproximado a la belleza de estas palabras, casi me echo a correr y me escapo por vergüenza, si hubiera tenido a dónde ir. Su discurso, ciertamente, me recordaba a cGorgias, de modo que he experimentado exactamente lo que cuenta Homero[91]: temà que Agatón, al término de su discurso, lanzara contra el mÃo la cabeza de Gorgias, terrible orador, y me convirtiera en piedra por la imposibilidad de hablar. Y entonces precisamente comprendà que habÃa hecho el ridÃculo cuando me comprometà con vosotros a hacer, llegado mi turno, un encomio a Eros en vuestra compañÃa y afirmé[92] que era un experto en las cosas de amor, sin saber de hecho nada ddel asunto, o sea, cómo se debe hacer un encomio cualquiera. Llevado por mi ingenuidad, creÃa, en efecto, que se debÃa decir la verdad sobre cada aspecto del objeto encomiado y que esto debÃa constituir la base, pero que luego deberÃamos seleccionar de estos mismos aspectos las cosas más hermosas y presentarlas de la manera más atractiva posible. Ciertamente me hacÃa grandes ilusiones de que iba a hablar bien, como si supiera la verdad de cómo hacer cualquier elogio. Pero, según parece, no era éste el método correcto de elogiar cualquier cosa, sino que, emás bien, consiste en atribuir al objeto elogiado el mayor número posible de cualidades y las más bellas, sean o no asà realmente; y si eran falsas, no importaba nada. Pues lo que antes se nos propuso fue, al parecer, que cada uno de nosotros diera la impresión de hacer un encomio a Eros, no que éste fuera realmente encomiado. Por esto, precisamente, supongo, removéis todo tipo de palabras y se las atribuÃs a Eros, y afirmáis que es de tal naturaleza y causante de tantos bienes, para que parezca el más hermoso y el mejor posible, evidentemente ante los que no le conocen, no, por supuesto, ante los instruidos, con lo que el 199aelogio resulta hermoso y solemne. Pero yo no conocÃa en verdad este modo de hacer un elogio y sin conocerlo os prometà hacerlo también yo cuando llegara mi turno. «La lengua lo prometió, pero no el corazón.»[93] ¡Que se vaya, pues, a paseo el encomio! Yo ya no voy a hacer un encomio de esta forma, pues no podrÃa. Pero, con todo, estoy bdispuesto, si queréis, a decir la verdad a mi manera, sin competir con vuestros discursos, para no exponerme a ser objeto de risa. Mira, pues, Fedro, si hay necesidad todavÃa de un discurso de esta clase y queréis oÃr expresamente la verdad sobre Eros, pero con las palabras y los giros que se me puedan ocurrir sobre la marcha.