Dialogos III
Dialogos III —Y se cuenta, ciertamente, una leyenda[104] —siguió ella—, según la cual los que busquen la mitad de sí mismos son los que están enamorados, pero, según mi propia teoría, el amor no lo es ni de una mitad ni de un todo, a no ser que sea, amigo mío, realmente bueno, ya eque los hombres están dispuestos a amputarse sus propios pies y manos, si les parece que esas partes de sí mismos son malas. Pues no es, creo yo, a lo suyo propio a lo que cada cual se aferra, excepto si se identifica lo bueno con lo particular y propio de uno mismo y lo malo, 206aen cambio, con lo ajeno. Así que, en verdad, lo que los hombres aman no es otra cosa que el bien[105]. ¿O a ti te parece que aman otra cosa?
—A mí no, ¡por Zeus!
—Entonces —dijo ella—, ¿se puede decir así simplemente que los hombres aman el bien?
—Sí —dije.
—¿Y qué? ¿No hay que añadir —dijo— que aman también poseer el bien?
—Hay que añadirlo.
—¿Y no sólo —siguió ella— poseerlo, sino también poseerlo siempre?
b—También eso hay que añadirlo.
—Entonces —dijo—, el amor es, en resumen, el deseo de poseer siempre el bien[106].
—Es exacto —dije yo— lo que dices.