Dialogos III
Dialogos III SÓC. —¡Ah, Fedro! Si yo no conozco a Fedro, es que me he olvidado de mà mismo; pero nada de esto ocurre. Sé muy bien que el tal Fedro, tras oÃr la palabra de Lisias, no se conformó con oÃrlo una vez, sino que le hacÃa volver muchas veces sobre lo dicho y Lisias, claro está, se bdejaba convencer gustoso. Y no le bastaba con esto, sino que acababa tomando el libro y buscando aquello que más le interesaba, y ocupado con estas cosas y cansado de estar sentado desde el amanecer, se iba a pasear y, creo, ¡por el perro!, que sabiéndose el discurso de memoria[9], si es que no era demasiado largo. Se iba, pues, fuera de las murallas para practicar. Pero como se encontrase con uno de esos maniáticos por oÃr discursos, se alegró al verlo por tener asà un compañero de su entusiasmo y le instó a que caminasen juntos. Sin embargo, como ese camante de discursos le urgiese que le dijese uno, se hacÃa de rogar como si no estuviese deseando hablar. Si, por el contrario, nadie estuviera por oÃrle de buena gana, acabarÃa por soltarlo a la fuerza. Asà que tú, Fedro, pÃdele que lo que de todas formas va a acabar haciendo, que lo haga ya ahora.
FED. —En verdad que, para mÃ, va a ser mucho mejor hablar como pueda, porque me da la impresión de que tú no me soltarás en tanto no abra la boca, salga como salga lo que diga.
SÓC. —Muy verdad es lo que te está pareciendo.