Dialogos III
Dialogos III FED. —Entonces, asà haré. Porque, en realidad, Sócrates no llegué da aprenderme las palabras una por una. Pero el contenido de todo lo que expuso, al establecer las diferencias entre el que ama y el que no, te lo voy a referir en sus puntos capitales, sucesivamente, y empezando por el primero[10].
SÓC. —Déjame ver, antes que nada, querido, qué es lo que tienes en la izquierda, bajo el manto. Sospecho que es el discurso mismo. Y si es asÃ, vete haciendo a la idea, por lo que a mà toca, de que, con todo lo que te quiero, estando Lisias presente, no tengo la menor intención de eentregárteme para que entrenes. ¡Anda!, enséñamelo ya.
FED. —Calma. Que acabaste de arrebatarme, Sócrates la esperanza que tenÃa de ejercitarme contigo. Pero ¿dónde quieres que nos sentemos para leer?
SÓC. —Desviémonos por aquÃ, y vayamos por la orilla del Iliso, y 229aallÃ, donde mejor nos parezca, nos sentaremos tranquilamente.
FED. —Por suerte que, como ves, estoy descalzo. Tú lo estás siempre. Lo más cómodo para nosotros es que vayamos cabe el arroyuelo mojándonos los pies, cosa nada desagradable en esta época del año y a estas horas[11].
SÓC. —Ve delante, pues, y mira, al tiempo, dónde nos sentamos.
FED. —¿Ves aquel plátano tan alto?