Dialogos III
Dialogos III —Dile entonces a él —dijo— la verdad, Cebes. Que no los compuse pretendiendo ser rival de él ni de sus poemas —pues ya sé que no eserÃa fácil—, sino por experimentar qué significaban ciertos sueños y por purificarme, por si acaso ésa era la música[13] que muchas veces me ordenaban componer. Pues las cosas eran del modo siguiente: visitándome muchas veces el mismo sueño en mi vida pasada, que se mostraba, unas veces, en una apariencia y, otras, en otras, decÃa el mismo consejo, con estas palabras: «¡Sócrates, haz música y aplÃcate a ello!». Y yo, en mi vida pasada, creÃa que el sueño me exhortaba y animaba a lo que precisamente yo hacÃa, como los que animan a los corredores, y a mà 61atambién el sueño me animaba a eso que yo practicaba, hacer música, en la convicción de que la filosofÃa era la más alta música, y que yo la practicaba. Pero ahora, después de que tuvo lugar el juicio y la fiesta del dios retardó mi muerte, me pareció que era preciso, por si acaso el sueño me ordenaba repetidamente componer esa música popular, no desobedecerlo, sino hacerla. Pues era más seguro no partir antes de haberme purificado componiendo poemas y obedeciendo al sueño. Asà bque, en primer lugar, lo hice en honor del dios del que era la fiesta. Pero después del himno al dios, reflexionando que el poeta debÃa, si es que querÃa ser poeta, componer mitos y no razonamientos[14], y que yo no era diestro en mitologÃa, por esa razón pensé en los mitos que tenÃa a mano, y me sabÃa los de Esopo; de ésos hice poesÃa con los primeros que me topé[14bis]. ExplÃcale, pues, esto a Eveno, Cebes, y que le vaya bien, y dile que, si es sensato, me siga lo antes posible. Me marcho hoy, csegún parece, pues lo ordenan los atenienses.