Dialogos III
Dialogos III —En realidad, por tanto —dijo—, los que de verdad filosofan, Simmias, se ejercitan en morir, y el estar muertos es para estos individuos mÃnimamente temible. Obsérvalo a partir de lo siguiente: si están pues, enemistados por completo con el cuerpo, y desean tener a su alma sola en sà misma, cuando eso se les presenta, ¿no serÃa una enorme incoherencia que no marcharan gozosos hacia allà adonde tienen 68aesperanza de alcanzar lo que durante su vida desearon amantemente —pues amaban el saber— y de verse apartados de aquello con lo que convivÃan y estaban enemistados? Cierto que, al morir sus seres amados, o sus esposas, o sus hijos, muchos por propia decisión quisieron marchar al Hades, guiados por la esperanza de ver y convivir allá con los que añoraban. Y, en cambio, cualquiera que ame de verdad la sabidurÃa y que haya albergado esa esperanza de que no va a conseguirla de una manera válida en ninguna otra parte de no ser en el Hades, b¿va a irritarse de morir y no se irá allà gozoso? Preciso es creerlo, al menos si de verdad, amigo mÃo, es filósofo. Pues él tendrá en firme esa opinión: que en ningún otro lugar conseguirá de modo puro la sabidurÃa sino allÃ. Si eso es asÃ, lo que justamente decÃa hace un momento, ¿no serÃa una enorme incoherencia que tal individuo temiera la muerte?
—En efecto, enorme, ¡por Zeus! —reconoció él.