Dialogos III
Dialogos III —Por lo tanto, eso será un testimonio suficiente para ti —dijo—, de que un hombre a quien veas irritarse por ir a morir, ése no es un filósofo, sino algún amigo del cuerpo. Y ese mismo será seguramente camigo también de las riquezas y de los honores[29], ya de una de esas cosas o de ambas.
—Desde luego, es asà como tú dices.
—¿Acaso, Simmias —dijo—, no se aplica muy especialmente la llamada valentÃa a los que presentan esa disposición de ánimo?
—Por completo, en efecto —dijo.
—Por consiguiente también la templanza, e incluso eso que la gente llama templanza[30], el no dejarse excitar por los deseos, sino dominarlos moderada y ordenadamente, ¿acaso no les conviene a estos solos, a quienes en grado extremo se despreocupan del cuerpo y viven dedicados a la filosofÃa?
d—Forzosamente —dijo.
—Porque si quieres —dijo él— considerar la valentÃa y templanza de los otros, te va a parecer que es absurda[31].
—¿Cómo dices, Sócrates?
—¿Sabes —dijo él— que todos los otros consideran la muerte uno de los grandes males?
—Y mucho —dijo.