Dialogos III
Dialogos III —Vayamos, pues, ahora —dijo— hacia lo que tratábamos en nuestro dcoloquio de antes. La entidad misma, de cuyo ser dábamos razón al preguntar y responder, ¿acaso es siempre de igual modo en idéntica condición, o unas veces de una manera y otras de otra? Lo igual en sÃ, lo bello en sÃ, lo que cada cosa es en realidad, lo ente, ¿admite alguna vez un cambio y de cualquier tipo? ¿O lo que es siempre cada uno de los mismos entes, que es de aspecto único en sà mismo, se mantiene idéntico y en las mismas condiciones, y nunca en ninguna parte y de ningún modo acepta variación alguna?
—Es necesario —dijo Cebes— que se mantengan idénticos y en las mismas condiciones, Sócrates.
—¿Qué pasa con la multitud de cosas bellas, como por ejemplo personas o caballos o vestidos o cualquier otro género de cosas semejantes, eo de cosas iguales, o de todas aquellas que son homónimas con las de antes? ¿Acaso se mantienen idénticas, o, todo lo contrario a aquéllas, ni son iguales a sà mismas, ni unas a otras nunca ni, en una palabra, de ningún modo son idénticas?
—Asà son, a su vez —dijo Cebes—, estas cosas: jamás se presentan de igual modo.