Dialogos III
Dialogos III —Pero hay que suponer, amigo mÃo —dijo—, que eso es embarazoso, pesado, terrestre y visible. Asà que el alma, al retenerlo, se hace pesada y es arrastrada de nuevo hacia el terreno visible, por temor a lo dinvisible y al Hades, como se dice, dando vueltas en torno a los monumentos fúnebres y las tumbas, en torno a los que, en efecto, han sido vistos algunos fantasmas sombrÃos de almas; y tales espectros[51] los proporcionan las almas de esa clase, las que no se han liberado con pureza, sino que participan de lo visible. Por eso, justamente, se dejan ver.
—Es lógico, en efecto, Sócrates.
—Lógico ciertamente, Cebes. Y también que éstas no son en modo alguno las de los buenos, sino las de los malos, las que están forzadas a vagar en pago de la pena de su anterior crianza, que fue mala. Y evagan errantes hasta que por el anhelo de lo que las acompaña como un lastre, lo corpóreo, de nuevo quedan ligadas a un cuerpo. Y se ven ligadas, como es natural, a los de caracteres semejantes a aquellos que habÃan ejercitado ellas, de hecho, en su vida anterior[52].
—¿Cuáles son esos que dices, Sócrates?
—Por ejemplo, los que se han dedicado a glotonerÃas, actos de lujuria, y a su afición a la bebida, y que no se hayan moderado, ésos es verosÃmil que se encarnen en las estirpes de los asnos y las bestias de tal clase. ¿No lo crees? 82a