Eutidemo
Eutidemo Pero ¿cómo podré, Critón, referirte lo que después ocurrió? Porque no es poco hacerte una relación fiel de la prodigiosa sabiduría de estos extranjeros, y por esto, antes de proceder a ella, es preciso que, siguiendo el ejemplo de los poetas, invoque las Musas y a la diosa Mnemósine. Eutidemo comenzó así poco más o menos.
—Los que aprenden, Clinias, ¿son sabios o ignorantes?
El joven, como si la pregunta fuese difícil, se ruborizó, y me miró aturdido. Viendo la turbación en que estaba, le dije:
—Valor, Clinias, responde con resolución lo que te parezca, porque redundará quizá en bien tuyo.
Sin embargo, Dionisodoro, inclinándose hacia mí y riéndose, me dijo por lo bajo al oído:
—Sócrates, responda lo que quiera, caerá en el lazo.
Mientras me decía esto, Clinias, a quien no tuve yo tiempo para advertirle que tuviera cuidado con lo que respondía, dijo que los sabios eran los que aprendían.
—¿Crees tú que hay maestros —le preguntó Eutidemo—, o que no los hay?
Confesó que los había.