Gorgias
Gorgias CALICLES. —¡Qué absurdos dices, Sócrates, y qué hablador eres!
SÓCRATES. —Pues asà impuse silencio e hice ruborizar a Pólux y a Gorgias. Tú, a fe que no hay miedo de que te acobardes ni te ruborices, porque eres demasiado valiente; pero responde a mi pregunta.
CALICLES. —Digo que el que se rasca vive agradablemente.
SÓCRATES. —Y si su vida es agradable, ¿no es dichosa?
CALICLES. —Sin duda.
SÓCRATES. —¿Bastará que experimente comezón sólo en la cabeza? ¿O es preciso que le sienta en alguna otra parte? Contéstame. Mira, Calicles, lo que respondes, si se han de llevar las cuestiones de este género tan lejos cuanto puedan ir. Y para decirlo de una vez, concedido esto, ¿no es triste, vergonzosa y miserable la vida de los hombres corrompidos? ¿Te atreverás a sostener que estos hombres son dichosos, si tienen medios abundantes para satisfacer sus apetitos?
CALICLES. —¿No te avergüenzas, Sócrates, de hacer recaer la conversación sobre semejantes objetos?