Gorgias

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He aquí por qué no está en uso que el piloto haga alarde de su arte, aunque le debamos nuestra salud; de la misma manera, mi querido amigo, que el maquinista, que en ciertos lances puede salvar tantas cosas, no digo como el piloto, sino como el general de ejército o cualquiera otro, sea el que sea, puesto que algunas veces conserva y salva ciudades enteras. ¿Pretenderías compararle con el abogado? Sin embargo, Calicles, si quisiese él usar el mismo lenguaje que tú, y alabar su arte, te oprimiría con sus razones, probándote que debes hacerte maquinista, y exhortándote a que te hagas, porque las demás artes no son nada cotejadas con ella, y tendría ancho campo para discurrir. Tú, sin embargo, le despreciarías a él y a su arte, y le dirías, creyendo injuriarle, que no es más que un maquinista; y a fe que no querrías dar en matrimonio tu hija a su hijo, ni tu hijo a su hija. Sin embargo, si te fijas en las razones que tienes para estimar en tanto tu arte, ¿con qué derecho desprecias al maquinista y a los demás de que te he hablado? Conozco que vas a decirme que eres mejor que ellos y de mejor familia. Pero si por mejor no debe entenderse lo que yo entiendo, y si toda la virtud consiste en poner en seguridad su persona y sus bienes, tu desprecio por el maquinista, por el médico y por las demás artes, cuyo objeto es vigilar por nuestra conservación, es digno de risa. Pero, querido mío, mira que el ser virtuoso y bueno no sea otra cosa distinta que asegurar la salud de los demás y la propia. En efecto, el que es verdaderamente hombre, no debe desear vivir por el tiempo que se imagine ni tener cariño a la vida, sino que, dejando a Dios el cuidado de todo esto y teniendo fe en lo que dicen las mujeres: que nadie se ha librado nunca de su destino, lo que necesita es ver de qué manera deberá conducirse para pasar lo mejor posible el tiempo que quede de vida. ¿Y esto debe hacerlo conformándose con las costumbres del país en que se encuentre? Pues es preciso entonces que desde este momento te esfuerces en parecerte lo más posible al pueblo de Atenas, si quieres ser por él estimado y tener gran crédito en la ciudad. Mira si no es esto ventajoso para ti y para mí. Pero es de temer, mi querido amigo, no nos suceda lo que a las mujeres de Tesalia[13], cuando hacen bajar la luna, y que nosotros no podamos alcanzar este poder en Atenas sino a costa de lo más precioso que tenemos. Y si crees que hay alguno en el mundo que pueda enseñarte el secreto de hacerte poderoso entre los atenienses, diferenciándote de ellos, sea en bien, sea en mal, mi dictamen es que te engañas, Calicles. Porque no basta imitar a los atenienses; es preciso haber nacido con un carácter igual al suyo, para contraer una verdadera amistad con ellos, como con el hijo de Pirilampo. Así, si encuentras uno que te comunique esta perfecta conformidad con ellos, hará de ti un político y un orador, que es lo que deseas. Los hombres, en efecto, se complacen con los discursos que se amoldan a su carácter, y todo lo que es extraño a éste les ofende; a menos que tú seas de distinta opinión, mi querido amigo. ¿Tenemos algo que oponer a esto, Calicles?


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