Gorgias
Gorgias Probablemente miras todo esto como un cuento de viejas, y no haces de ello ningún aprecio, y no serÃa extraño, que no lo tomáramos en cuenta, sÃ, después de muchas indagaciones, pudiéramos encontrar algo más verdadero y mejor. Pero ya ves, que vosotros tres, que sois hoy dÃa los más sabios de la Grecia, tú, Pólux y Gorgias, no podéis probar, que se deba adoptar otra vida que la que nos será útil allá abajo. Por el contrario, de tantas opiniones como hemos discutido, todas las demás han sido combatidas, y la única que subsiste inquebrantable es ésta: que se debe antes sufrir una injusticia que hacerla; y que en todo caso es preciso procurar, no parecer hombre de bien, sino serlo en realidad, tanto en público como en privado; que si alguno se hace majo en algo, es preciso castigarle; y que después de ser justo, el segundo bien consiste en volver a serlo, recibiendo el castigo que se ha merecido; que es preciso huir de toda adulación, tanto respecto de sà mismo como respecto de los demás, sean muchos o pocos; y que jamás se debe hacer uso de la Retórica, ni de ninguna otra profesión, sino en obsequio a la justicia. RÃndete, pues, a mis razones, y sÃgueme en el camino que te conducirá a la felicidad en esta vida y después de la muerte, como mis razonamientos lo acaban de demostrar. Sufre que se te desprecie como un insensato, que se te insulte, si se quiere, y déjate con grandeza de alma maltratar de esa manera, que te parece tan ultrajante. Ningún mal te resultará, si eres realmente hombre de bien, y te consagras a la práctica de la virtud. Después que la hayamos cultivado en común, entonces, si nos parece conveniente, tomaremos parte en los negocios públicos; y cualquiera que sea aquel sobre que tengamos que deliberar, deliberaremos con más acierto que podrÃamos hacerlo ahora. Porque es una vergüenza para nosotros, que en la situación, en que al parecer estamos, presumamos como si valiéramos algo, siendo asà que mudamos de opinión a cada instante sobre los mismos objetos, y hasta sobre lo que hay de más importante; ¡tan profunda es nuestra ignorancia! Por lo tanto, sirvámonos de la luz que arroja esta discusión, como de un guÃa que nos hace ver que el mejor partido que podemos tomar es vivir y morir en la práctica de la justicia y de las demás virtudes. Marchemos por el camino que nos traza, y comprometamos a los demás a que nos imiten. No demos oÃdos al discurso, que te ha seducido y que me suplicabas que yo admitiese como bueno; porque no vale nada, mi querido Calicles.