La República
La República —Concibo muy bien tu pensamiento —dije—; pero lo que me sorprende es que das a la injusticia los nombres de virtud y de sabidurÃa, y a la justicia nombres contrarios.
—Pues eso es lo que pretendo.
—Eso es bien duro, amigo, y ya no sé qué camino tomar para refutarte —dije yo—. Si dijeses sencillamente, como otros, que la injusticia, aunque útil, es una cosa vergonzosa y mala en sÃ, podrÃa responderte lo que de ordinario se responde. Pero toda vez que llegas hasta el punto de llamarla virtud y sabidurÃa, no dudarás en atribuirle la fuerza, la belleza y todos lo demás tÃtulos que se atribuyen comúnmente a la justicia.
—No es posible adivinar mejor.
—Pero mientras tenga motivos para creer que hablas seriamente, no me es dado renunciar a este examen, porque se me figura, TrasÃmaco, que esto no es una burla tuya, sino que piensas realmente lo que dices.
—¿Qué te importa —replicó— que sea asà o no? ¿No refutas mi argumento?
—Poco me importa, en efecto —dije yo—; pero permÃteme hacerte aún otra pregunta. ¿El hombre justo querrÃa tener en algo ventaja sobre el hombre injusto?
—No, verdaderamente; de otra manera —dijo— no serÃa ni tan encantador ni tan cándido como es.
—Pero ¿qué? ¿Ni siquiera con respecto a una acción justa?