La República
La República —Cualquiera que sea la virtud de los ojos, poco importa —dije yo—; no es eso lo que yo quiero saber. Pregunto sólo, en general, si cada cosa desempeña bien su función a causa de la virtud que le es propia y mal a causa del vicio contrario.
—Verdad es lo que dices —asintió.
—De esa manera, ¿los oÃdos, privados de esa virtud propia, desempeñarán mal su función?
—Desde luego.
—¿No puede decirse otro tanto de cualquier otra cosa?
—Yo lo pienso asÃ.
—Sigamos y pasemos a esto otro. ¿No tiene el alma su función, que ninguna otra cosa que no sea ella puede realizar, como hacerse cargo, gobernar, deliberar, y asà lo demás? ¿Pueden atribuirse estas funciones a otra cosa que al alma? ¿No tenemos el derecho para decir que son propias de ella?
—De ninguna otra cosa.
—Vivir, ¿no es una de las funciones del alma?
—Ciertamente —dijo.
—El alma, ¿no tiene también su virtud particular?
—Eso diremos.
—El alma, privada de su propia virtud, ¿acaso podrá, TrasÃmaco, desempeñar bien sus funciones o bien le resultará imposible?