La República
La República —Comprendo —dijo—, y me parece que ésa es efectivamente la operación propia de cada una.
—Muy bien —dije—. Todo lo que tiene una función particular, ¿no tiene igualmente una virtud que le es propia? Y volviendo a los ejemplos de que ya me he servido, ¿no dijimos que los ojos tienen su función?
—Asà es.
—Luego, ¿tienen también una virtud que les es propia?
—También una virtud.
—¿No hay también una operación propia de los oÃdos?
—SÃ.
—Y, por tanto, ¿hay también una virtud?
—También.
—¿Y no ocurrirá lo mismo con todas las demás cosas?
—Asà es.
—Detente un momento. ¿PodrÃan los ojos desempeñar sus funciones si no tuviesen la virtud que les es propia, o si, en lugar de esta virtud, tuviesen el vicio contrario?
—¿Cómo habÃan de poder? —dijo—. Porque tú hablas, sin duda, del caso en que la ceguera hubiera sustituido a la facultad de ver.