La República
La República —Un buen juez, tal como tú reclamabas —prosegu×; porque el que tiene el alma buena es bueno. Pero el hombre hábil y suspicaz, avezado a la práctica de la injusticia, y que se cree astuto e inteligente, no aparece tal sino cuando tiene que habérselas con otros semejantes a él, porque su propia conciencia le advierte la necesidad de estar entonces en guardia. Mas cuando se encuentra con hombres de bien, avanzados ya en edad, entonces su incapacidad se muestra en sus desconfianzas y en sus sospechas indebidas; se ve que ignora lo que son la rectitud y la franqueza por no tener en sà mismo un modelo de estas virtudes, y que, si pasa más bien por inteligente que por ignorante a sus ojos y a los del vulgo, es porque tiene más tratos con los malos que con los hombres de bien.
—Eso es exactamente cierto —convino.
XVII.—No es, pues, el juez bueno y sabio que necesitamos, sino uno que sea tal como yo lo he descrito antes; porque la maldad no puede conocerse a fondo a sà misma y conocer la virtud, sino que la virtud, auxiliada por la educación y al cabo de los años, se conocerá a sà misma y conocerá al vicio. Y asÃ, la verdadera sabidurÃa es patrimonio del hombre virtuoso y no del hombre malo.
—Pienso como tú —dijo.