La República
La República —¿No es cierto, mi querido Glaucón —continué—, que, en contra de lo que muchos otros se imaginan, la música y la gimnasia no han sido creadas, la una para formar el alma, la otra para formar el cuerpo?
—¿Para qué, si no? —preguntó.
—Me parece que ambas han sido creadas para formar el alma principalmente —dije.
—¿Cómo?
—¿Has tenido cuidado de observar —pregunté— las condiciones de carácter de los que durante toda su vida se consagran en exclusiva a la gimnasia o a la música?
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó a su vez.
—Que los unos son duros e intratables, y los otros, blandos y muelles —aclaré.
—En efecto —dijo—, he observado que los que únicamente se dedican a la gimnasia adquieren, por lo ordinario, más rudeza de la debida; y que los que sólo han cultivado la música tienen una suavidad que no les hace mucho honor.
—Y, sin embargo, semejante rudeza —dije yo— no puede darse sino en un carácter ardiente y lleno de fuego, que producirÃa el valor si estuviese bien cultivado; pero que cuando se hace demasiado tirante, degenera en dureza y brutalidad.
—Asà lo pienso yo —asintió.