La República
La República II.—¿Qué hacéis —exclamé yo— echándoos sobre mà de ese modo? ¿En qué discusión me queréis envolver de nuevo en torno al Estado? ¡Yo que me felicitaba de haber salido de ese mal paso, y me creÃa feliz por la buena acogida que ha merecido lo que dije entonces! Al obligarme a ocuparme nuevamente de este asunto no sabéis el enjambre de nuevas disputas que vais a despertar. Ya habÃa previsto yo este resultado y, para evitarlo, no quise decir más que lo que dije.
—¿Crees tú —dijo TrasÃmaco— que éstos han venido aquà a fundir oro[2] y no a oÃr tus razonamientos?
—Sà —dije—, pero es preciso hablar con mesura.
—Para hombres sabios, Sócrates —dijo Glaucón—, la medida para conversar sobre materias tan importantes es la vida entera. Y asÃ, créeme, deja a nosotros lo que a nosotros toca, y procura sólo decirnos tu pensamiento respondiéndonos sobre la manera como ha de tener lugar esta comunidad de mujeres y de hijos entre nuestros guardianes, y sobre la manera como habrán de ser educados los hijos desde el dÃa de su nacimiento hasta aquel en que sean capaces de recibir una educación, es decir, durante la época en que exigen los más penosos cuidados. ExplÃcanos, pues, por favor cómo ha de tener lugar todo esto.